El presidente electo de Honduras, Nasry Asfura, asume la presidencia este 27 de enero sin tiempo que perder. Pesan sobre él no solo el ajustado margen con el que fue declarado ganador de la elección luego de un controversial escrutinio de votos, sino también los desafíos económicos en un país con más del 60 % de pobreza, instituciones débiles y un reclamo generalizado contra la corrupción.
Ampliamente respaldado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y con el sello del Partido Nacional (PNH), Asfura logró convertirse en el próximo presidente de Honduras y suceder a Xiomara Castro planteando un modelo de gobierno que se aleja de las ideas de la izquierda.
Y aunque Asfura asegura que tiene la intención de luchar contra la corrupción, deberá empezar por reconstruir la reputación de su propio partido, afectado por la condena por cargos de narcotráfico al expresidente Juan Orlando Hernández, luego indultado y liberado por Trump.
El empresario de la construcción y exalcalde de Tegucigalpa, de 67 años, tiene un escenario político y económico desafiante que, apuntan analistas consultados por CNN, podría pesar sobre su gobernabilidad en el corto plazo.
La tarea de legitimar una elección cuestionada
El estrecho margen de victoria y el prolongado retraso de tres semanas en la declaración de resultados del Consejo Nacional Electoral (CNE), que incluyó fallas en el sistema, acusaciones de fraude de los demás candidatos, tanto de Salvador Nasralla, del Partido Liberal, como de la candidata de Libre, Rixi Moncada, “han socavado aún más la ya frágil confianza pública en el proceso electoral” de Honduras, dice a CNN Cecilia Godoy, analista para Latinoamérica y el Caribe del Economic Intelligence Unit (EIU).
Lo que la ciudadanía de Honduras percibió como semanas de opacidad, con un proceso que tuvo falencias y numerosos cuestionamientos, podría traerle consecuencias a un gobierno que apenas empieza.
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